martes, 9 de agosto de 2016

La vida se trata de cápsulas, pequeñas coyunturas de tiempo que se articulan y enfrascan en memorias. Nuestros primeros recuerdos se remontan a los tres años, y puedo asegurar que la mayoría de ellos tratan acerca de cómo aprendimos a andar en bicicleta, cómo corríamos cada veinticuatro de diciembre buscando al viejito pascuero o cómo esas tardes de juegos y cosquillas nos llevaban a la cama en un sueño conciliador. Los años de la infancia son fugaces, pero enternecedores, repletos de un amor inocente que invalida todo mal acto, que cala hasta el más profundo odio. El tiempo va transcurriendo y nuestras cápsulas van transformándose junto a nosotros. Ya no corremos a los brazos de papá, ni saludamos invasivamente a desconocidos en la calle, ese amor intenso ya no emana de todos lados  ¿acaso el mundo cambió? Quiero pensar que sólo son mis ojos sumergidos en un panorama erróneo, creo que fuera de aquí, en diferentes calles del mundo hay gente viviendo la experiencia de amar, pero ¿cómo puedes saber si eres una de esas personas? Quisiera saber cuándo fue la última vez que miraste sinceramente a los ojos de alguien, cuándo fue la última vez que te entregaste en un abrazo y cuando fue la última vez tu boca estalló en una risa ensordecedora. Estos actos, tan intrínsecamente infantiles y espontáneos, se han ido desgastando y perdiendo en el tiempo. Creo que las personas han olvidado o más bien descuidado el sentimiento que en los primeros años de vida era lo más importante, la base y sustento de todo. El amor se ha convertido en eso que escuchamos en la radio, eso que vemos en el cine, en ese celular última generación que compramos el mes pasado, también se ha convertido en ese deseo avasallador de adquisición y superación que te pone por sobre el otro, en un intento ridículo  de querer ser mejor, para resaltar el ego.                                                                                                                                                                                               El amor se ha cosificado y tergiversado,  actualmente a las personas no las mueve el amor y la actitud fraternal con los demás. Maturana plantea que nos enfermamos al  vivir un modo de vida que niega sistemáticamente al amor. Somos una sociedad global enferma, hemos perdido la noción acerca de lo que es importante y lo que no, hemos perdido ese instinto animal de protección y cuidado con el que está a nuestro lado, hemos adormecido nuestras emociones y concebido un mundo frívolo. Las guerras, la pobreza y  destrucción de la naturaleza están a la orden del día, pero la gente tiene la conciencia tranquila con sólo compartir la foto en facebook. Es difícil cambiar el mundo, porque son millones de habitantes y tu solo parte del inmenso engranaje. Pero se puede, y la base del cambio está en el amor. Todo aquello que amamos, requiere protección y cuidado. La lucha contra la mecanización de las personas está en entregar lo bueno de uno mismo. Y suena utópico pero es tan sencillo como darle a tu entorno aquello que crees será un aporte que engrandezca las cosas positivas en ti y en ellos. Si dejáramos de ver a los niños como personas en potencia y comenzáramos a imitar la actitud noble y sencilla que poseen frente a la vida, podríamos generar el cambio.



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